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Author page: Francisco Javier Gutiérrez

Francisco Javier Gutiérrez

164 articles published
Creencias limitantes deseos

Cómo deshacerse del peso de tus creencias para avanzar

¿Has observado alguna vez el programa de tus creencias?. Es este post voy a hablarte del gran poder que tiene aquello en lo que creemos. ¿Te has sentido minusvalorado al comprobar que no has alcanzado ese objetivo de felicidad y serenidad que otros, tal vez con menos recursos que tú, sí han logrado? Antes de nada te voy a hablar de El mendigo, una canción de Víctor Manuel que escuchaba cuando era adolescente A mi puerta llamó sonriente un mendigo / Tembloroso y feliz una mano extendió Dos monedas le di y con gesto tranquilo / Preguntó: ¿Eres feliz? No lo soy, buen amigo. ¿Qué te pasa Manuel si eres joven y rico, / y una linda muchacha suspira contigo? No lo puedo saber y me siento aturdido. /Pues despierta Manuel. Vamos, vente conmigo. Te invito a reflexionar sobre las posibilidades que un hombre “joven y rico” ve en un “pobre” mendigo.

¿Te has preguntado alguna vez por qué en algunas áreas de experiencia vives por debajo de tus posibilidades?

No respondas inmediatamente a esta cuestión porque puede ocurrir que quien responda sea tu cabeza antes que tu corazón. Observa a Manuel, el protagonista de la canción, tal vez pienses que ha llegado a la cima de sus posibilidades porque comparte su vida con una muchacha y ha conseguido un buen nivel de renta. Sin embargo, nuestro hombre, no es feliz.

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¿Cómo suena mi autoestima?

Actualmente pienso poco en mi autoestima, porque ese motor de mi viejo Ego GTI, que me dejaba tirado en cualquier cuneta, ahora tiene una salud aceptable, y aunque necesita mantenimiento goza de mi total confianza. No puedo decir que no me haya dado disgustos, pero con llevarlo al taller y apretarle las tuercas de siempre vuelve a rodar de nuevo. He de reconocer que todos vosotros sois muy buenos mecánicos y si no es uno, es otro el que tiene en su poder la llave perfecta para sus descatalogadas tuercas.

El sentimiento positivo de uno mismo es algo que sucede a pesar de los errores, no en su ausencia.

La autoestima, tal como la conocemos, es una cuestión de ámbito personal antes que transpersonal. Un motor, es un motor. Aunque sea lo transpersonal quien nos haga observar con atención y desapego los entresijos de esa máquina, y de esta manera prestar atención a ese ruido mental de perfección, o ese aumento acelerado de revoluciones cuando decimos que sí a todo y que asfixia el motor.

He leído que las personas con mayor nivel de autoestima tienen más capacidad para el amor. He descubierto que, en tiempos pasados, cuanto menos me amaba más alto afirmaba que tenía mucho amor para dar, cuando en realidad estaba pidiendo a los otros ese amor del que carecía.

Solo realizándonos en aquello de lo que carecemos podemos obtener lo que buscamos conseguir. Sé amor si quieres amor. Sé comprensión si quieres comprensión. Tenemos todos los ingredientes ahí latentes, solo hay que emulsionarlos, como dice mi amigo Alejandro.

Todo lo que no es amor es miedo. Hace muchos años que me tragué esa habichuela mágica y aún sigue creciendo dentro de mi esa enredadera trepadora de nubes. Mis amigos me han oído muchas veces decir que solo hay dos emociones fundamentales, el amor y el miedo, y que todas las demás derivan de ellas. Todo ese proceso de descubrimiento fue lento, pero fue preciso ponerse el sombrero de explorador. Y así, esa planta creció lenta y perezosa, a pesar de las podas, y os digo que no deja de crecer porque uno nunca termina de conocer. Por favor, avisadme si veis retoños verdes saliendo de mis orejas.

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Respiración holoscópica transpersonal

¿Cómo descubrí el poder de la respiración holoscópica?

Y tras la metamorfosis me sentí mucho mejor. No recuerdo haber escuchado Aire de Mecano durante una respiración holoscópica, pero intuyo que podría contribuir, en mi caso, a una súbita expansión de mi consciencia a un estado gaseoso porque la respiración holoscópica me permite ser aire antes que escuchar Aire. La música nos pone en contacto con los núcleos emocionales primarios y nos ofrece la posibilidad de trascendernos. La música es el alimento espiritual de los que viven de amor, dice Shakespeare. Los conciertos de música en directo de mis grupos favoritos fueron grandes experiencias catárticas de limpieza emocional. Y no creo que sean falsas limpiezas, como dice algún texto, sino sublimes rituales modernos de veneración a lo sagrado, donde la música es el fluido que une y libera. La música sustituye al horror unificador que supone presenciar un sacrificio, ya sea la sangre del circo romano o el corazón arrancado en el templo maldito de Indiana Jones. Recuerdo bien mis regresos a casa después de un concierto de The Cure en Las Ventas o La Mode en la sala Revólver de Madrid. Tal vez, al llegar a casa, me hubiera ayudado dibujar un mandala para cerrar de nuevo sobre mi el círculo de un ego disuelto bajo miles de vatios de potencia. Me ha sorprendido leer que no hay duda alguna que el principal elemento cultural relacionado con la música es la religión y dentro de ella la búsqueda de estados místicos de unión. Los coros gregorianos se mezclan con los timbales que preceden al sacrificio. La muerte que un chamán realiza con su cuchillo sagrado, une y arraiga a la vida a todos los que la presencian. Tal vez sea preciso ver morir para desear vivir. Tal vez sea preciso morir para vivir.

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Atención plena transpersonal

Cómo vivir con Atención Plena

Le decía a mi amiga Patricia el otro día, sobre el tema de la atención plena, que meditar no es entrar puntualmente en el aquí y el ahora, sino que meditar es darse cuenta de que no estoy siempre en el flujo continuo del aquí y el ahora. Una vez que adquiero cierta práctica en la auto-observación es relativamente fácil para mi ver el sufrimiento de los otros como una consecuencia de sus propios pensamientos y emociones. Pero ser el observador testigo es tan fácil con los otros como difícil conmigo mismo.

¿Cómo decirle que practique la atención plena a alguien que está lleno de ira contra los albañiles que están haciendo la reforma de su casa?

Me preguntaba eso el otro día cuando escuchaba a una amiga despotricar, mientras conducía su coche, en contra del fontanero y la empresa de reformas. Dice el Tao:

Actúa antes de que las cosas existan

Manéjalas antes de que aparezca el desorden

Recuerda: un árbol que un hombre no abarca crece de una sola semilla.

Es verdad que una vez que el árbol ha crecido es más difícil intentar abarcarlo. Por eso es preciso actuar desde el primer pinchazo de garganta. Y para sentir ese pinchazo debes ser consciente de tus emociones desde mismo momento que nacen, porque luego, una vez que despliegan sus ramas es muy difícil cortarlas. Solo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena.

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Escucha consciente transpersonal

La escucha consciente de Momo

Recuerdo bien aquella novela infantil de Michael Ende llamada Momo, pero que leí ya de adulto cuando tenía 18 o 19 años. Momo era una niña huérfana que vivía en las ruinas de un anfiteatro y que sabía algo que pocos saben: escuchar. Descubrir que escuchar podía ser más importante que hablar fue un descubrimiento grande para mí en una época en la que las palabras huían de mi boca. Como el subconsciente no diferencia el símbolo de lo real, esta semana mientras leía un artículo sobre la escucha, Momo me ha visitado de nuevo. Entonces he querido buscar aquellas palabras de Michael Ende que leí hace 30 años:

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él

¿Qué tiene Momo que recordarme ahora, tantos años después? Tal vez que para escuchar no hacen falta oídos. Momo escuchaba con sus grandes ojos negros del mismo modo que el terapeuta transpersonal escucha con su corazón.

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Meditación Transpersonal

¿Por qué hago meditación?

Cuando era adolescente siempre me detenía frente a esas fotocopias descoloridas que encontraba pegadas en los tablones de anuncios del parque de Cánovas, donde una señora gorda de la India (una mezcla entre un buda y una piel roja) con un tercer ojo pintado en la frente, parecía invitarte al otro lado con dos palabras: MEDITACIÓN TRASCENDENTAL. Al lado de una dirección podía leer también la hora del evento. Sí, me paraba delante de esos carteles, y no me paraba delante de los que anunciaban un acto deportivo, y desde mi seguridad cristiana pensaba que los practicantes de esa disciplina infiel cometían algún tipo de pecado mortal. Lo de trascendental tenía además connataciones lisérgicas en mi turbia mente adolescente. ¿Pero quién va a hacer caso de estos misticos de oriente?, pensaba para mí. Solo los hyppies que fuman marihuana. Y yo no era lo primero, ni fumaba lo segundo. Y ahora resulta que me han cambiado la palabra trascendental por transpersonal, y que el que va hablando por ahí, pero sin pegar carteles, soy yo. Desde que hago meditación, en varias ocasiones he alabado su práctica, la he explicado y sobre todo la he despojado de cualquier connotación mística, ya que era lo que a mí me producía rechazo. No quiero que me vean ese tercer ojo que desde la India me persigue. La meditación es un proceso físico antes que mental, les digo a quien muestra interés. Se trata de atender al cuerpo antes que a la mente. Es decir, se trata de sentir que no somos la mente. Miradas raras y circunspectas. Sí, sí, ya…

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Terapia Transpersonal Sufrimiento

El origen de la infelicidad

En el comienzo de 2001, una odisea espacial se nos muestra el amanecer del hombre, y por si hubiera dudas de que esos primates que viven en una cueva al lado de una charca son nuestros ancestros, Kubrick nos lo aclara con un vistoso título:

EL AMANECER DEL HOMBRE.

Al principio a los primates se les ve atemorizados e inquietos en su cueva, pero un amanecer los monos se despiertan y descubren un monolito gigantesco de color negro y dimensiones sagradas. Parece que los simios se han despertado con algo nuevo que no tenían la noche anterior. Sus mentes cambian y a partir de ese momento descubren nuevas formas de supervivencia, son conscientes de su poder y su fuerza y aprenden a matar animales para sobrevivir. Una mañana la tribu de gorilas descubre a otra tribu de sus congéneres bebiendo agua de la charca. Se enfadan con los intrusos y los atacan con los huesos de los animales que les han servido de alimento. Los matan.

En el amanecer del hombre irrumpe de forma violenta la idea de separación.

Cuando ese primate asesino lanza un hueso al aire, 4 millones de años después lo recoge, convertido en un Iphone 6, un humano que está en la sala de espera de su terapeuta.

¿Cómo decirle a ese paciente que el origen de su infelicidad puede estar en que no quiere compartir el agua de la vida?

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Consulta Terapia Transpersonal

El arte de acompañar

Siempre son ellos, los ángeles grises de Cielo sobre Berlín, los que aparecen cuando pienso en acompañantes del alma: hombres anodinos en blanco y negro, sin ningún rasgo de emoción en sus miradas, ecuánimes dentro de sus abrigos pardos, austeros en los gestos. Hombres que observan en profundo silencio la grandeza de los hombres y mujeres cuando toma su fuerza de lo terrible y lo espantoso. Es una imagen poderosa que lleva resonando en mi interior los 26 años que vivo en Madrid, porque Cielo sobre Berlín fue una de las primeras películas que vi en los cines Alphaville.

No somos ángeles

¿Por qué esos ángeles que poco tienen que ver con los modelos alados y ensoñados de la Cábala o la religión católica? Ángeles en blanco y negro, negros como el músico Nick Cave (que también aparece en la película) y que nos miran entre el cielo y la tierra sin poder tocarnos, sin poder hablarnos, solo estando ahí, presentes, mientras nosotros viajamos en metro, leemos libros en bibliotecas vacías, o nos paramos en mitad de un puente pensando en abandonar la vida. No podemos verlos desde nuestro cuerpo dolor, pero nuestra alma los intuye en forma de mano invisible que nos anima a levantarnos sin empujarnos, o en forma de brazo de humo que sostiene nuestro cuerpo, sin conseguirlo, cuando ya se ha decidido saltar al abismo (porque vivir no siempre nos parece bello, querido Frank Capra) Soy como un ángel de cielo sobre Berlín que ha tomado cuerpo, y que por eso puede hablar y tocar, soy un acompañante que puede batir sus alas. Vi esas mismas alas en mis terapeutas mientras me acompañan, cuando me sostienen desde una ecuanimidad neutra y una compasión en blanco y negro. Es la misma actitud de aquellos ángeles del Alphaville en 1989, solo que entonces yo podía verlo y comprobar su presencia, y eso me daba fuerza, mucha fuerza. Sé que para el terapeuta mantener esa distancia con el paciente no siempre es fácil porque puede invadirle el deseo de salvar y agarrar, mientras olvida que no está acompañando solo a un cuerpo. He comprendido que la impaciencia del terapeuta ante el dolor del otro solo le señala su falta de confianza en el paciente para que él solo encuentre su camino. Me lo decía hoy mismo una compañera del curso de Terapia Sistémica. Si piensas que una constelación familiar para alguien es acercar una cerilla a una quemadura, esa persona percibirá ese mismo sentimiento. Cuando escuché esa apreciación me di cuenta de que con una actitud salvadora o protectora se está protegiendo al paciente de su propio y legítimo dolor. Y eso no es compasión.

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