Dice Maslow que el verdadero desarrollo del ser humano depende de su comunión con lo que lo trasciende. En este sentido la Psicología Transpersonal nos invita a comunicarnos con aquello que está más allá de nosotros mismos para lograr esa evolución. Ese viaje hacia lo que nos trasciende lo hacemos a través de la persona y sin negar la presencia del ego, porque solo evolucionamos observando nuestros deseos, miedos y contradiciones.
La Psicología Transpersonal nos invita a hacernos la pregunta ¿Quién soy yo más allá de la persona?, y al mismo tiempo nos ofrece herramientas para, si es nuestro deseo, intentar responderla. La principal herramienta es la observación.
No soy hombre ni mujer, solo soy una persona.
Cuando tenía 17 años cantaba esta canción de Mecano con la que pretendía rebelarme frente a las etiquetas. Ahora 30 años después hablar de persona es hablar de otra etiqueta en la que tal vez me sienta igual de atrapado que entonces.
Hace unos meses mi amigo Alejandro y yo estábamos viendo Persona, una película de Ingmar Bergman, que muestra el proceso de construcción y destrucción de la identidad de dos mujeres, una de ellas una actriz que ha decidido dejar de hablar (de actuar) y su enfermera. Si persona significa máscara ¿existe entonces una identidad más allá de la máscara?
Hablaré de cómo llegué a la psicología transpersonal desde mi propia experiencia. Creo que siempre he sido consciente de que la psicología transpersonal estaba a la vuelta de la esquina, esperando que la descubriera, pero como en el relato de Paulo Coelho, tuve que recorrer medio mundo para descubrir que el tesoro que buscaba estaba bajo mis pies. Las fuerzas de la psicología son diferentes espejos que nos sirven para observarnos desde diferentes ángulos.
Primera Fuerza: Conductismo
Comencé a ir a terapia porque tenía problemas de pareja. Ya sabéis, nacimiento, amor, trabajo, problemas de pareja y muerte. Siguiendo el guión previsto, con la crisis añadíamos un nuevo ladrillo al muro. En la terapia, mi novio llegó a la conclusión de que yo no lo quería y abandonó la terapia y rompió la relación. No sé en qué orden. Tal vez la relación estuviera ya rota y confiara, como muchos que nos acercamos por primera vez a una terapia, en que el psicólogo iba a salvarnos del sufrimiento.Estas reflexiones, colmadas de subjetividad, sobre mi primer retiro Vipassana no tienen ningún sentido objetivo o didáctico de lo que es un retiro Vipassana. Solo quiero compartir la sagrada belleza que este retiro ha descubierto en mí. Y cuando digo belleza hablo de equilibrio y armonía antes que de hermosura o bienestar. Por ejemplo, una manzana medio podrida, de las muchas que he visto allí, caídas de los árboles, es bella porque en esa manzana la vida y la muerte se abrazan amorosamente. La belleza que he encontrado en el retiro Vipassana no estaba tanto en lo hermoso como en el abrazo a lo que considero espantoso.
Había leído que un retiro Vipassana es una travesía de auto-transformación mediante la auto-observación. Pienso que iniciar cualquier travesía me recuerda el héroe que soy. Cuando decidí hacer el retiro no sabía muy bien qué aventura estaba a punto de protagonizar, pero sabía que la aventura me esperaba. La mañana del día de la partida, después de mi última meditación en casa, el oráculo Inteligencia del Alma me mostró la carta AVENTURA. Un eco lejano me dijo que el retiro Vipassana que estaba a punto de iniciar era una travesía para un héroe. Y como expresé espontáneamente a los demás miembros del grupo durante la ronda de presentaciones en una invisible Tabla Redonda, me sentía como sir Galahad a punto de comenzar la búsqueda del Grial. Me reconocía, pues, como un caballero valiente y confiado, aunque también muy asustado.
Abro la puerta y saludo a Luisa con un abrazo suave, apenas un gesto simulado. Creo que no le gusta que un hombre la abrace.
La invito a sentarse en el sofá del pequeño recibidor y le digo que espere. Entro de nuevo en mi despacho. Aun no es la hora de su cita. Luisa llega temprano, como siempre, pero esta vez no voy a hacerla esperar hasta que finalice mi consulta con Alberto, porque este martes Alberto no ha venido. Puedo escuchar a Luisa pasar las páginas de las revistas detrás de la puerta cerrada. Son las mismas revistas del martes pasado, pero ella las ojea con urgencia, como si el tiempo pudiera pasar tan rápido como las hojas de papel.
Pienso en la ausencia de Alberto, me pregunto por qué no llamó para anular la cita. Nunca había faltado antes.
Quiero pensar que Alberto está bien, que no necesita que le llame para confirmar que no se ha vuelto a escapar de casa. Ya sé que no soy el guardián de ese chico, que no puedo mitigar su sufrimiento con mis acciones, que solo puedo ayudarle con mi presencia, con mi apoyo y con mi amor. Aún así siento la desazón, una angustia falsa, pues no puedo confirmar mi temor de que Alberto no ha venido porque las cosas no van bien en su casa. Tal vez se ha quedado dormido, tal vez ha decidido abandonar la terapia, tal vez, tal vez.