Como suena mi autoestima Francisco Javier Gutiérrez

¿Cómo suena mi autoestima?

Actualmente pienso poco en mi autoestima, porque ese motor de mi viejo Ego GTI, que me dejaba tirado en cualquier cuneta, ahora tiene una salud aceptable, y aunque necesita mantenimiento goza de mi total confianza. No puedo decir que no me haya dado disgustos, pero con llevarlo al taller y apretarle las tuercas de siempre vuelve a rodar de nuevo. He de reconocer que todos vosotros sois muy buenos mecánicos y si no es uno, es otro el que tiene en su poder la llave perfecta para sus descatalogadas tuercas.

El sentimiento positivo de uno mismo es algo que sucede a pesar de los errores, no en su ausencia.

La autoestima, tal como la conocemos, es una cuestión de ámbito personal antes que transpersonal. Un motor, es un motor. Aunque sea lo transpersonal quien nos haga observar con atención y desapego los entresijos de esa máquina, y de esta manera prestar atención a ese ruido mental de perfección, o ese aumento acelerado de revoluciones cuando decimos que sí a todo y que asfixia el motor.

He leído que las personas con mayor nivel de autoestima tienen más capacidad para el amor. He descubierto que, en tiempos pasados, cuanto menos me amaba más alto afirmaba que tenía mucho amor para dar, cuando en realidad estaba pidiendo a los otros ese amor del que carecía.

Solo realizándonos en aquello de lo que carecemos podemos obtener lo que buscamos conseguir. Sé amor si quieres amor. Sé comprensión si quieres comprensión. Tenemos todos los ingredientes ahí latentes, solo hay que emulsionarlos, como dice mi amigo Alejandro.

Todo lo que no es amor es miedo. Hace muchos años que me tragué esa habichuela mágica y aún sigue creciendo dentro de mi esa enredadera trepadora de nubes. Mis amigos me han oído muchas veces decir que solo hay dos emociones fundamentales, el amor y el miedo, y que todas las demás derivan de ellas. Todo ese proceso de descubrimiento fue lento, pero fue preciso ponerse el sombrero de explorador. Y así, esa planta creció lenta y perezosa, a pesar de las podas, y os digo que no deja de crecer porque uno nunca termina de conocer. Por favor, avisadme si veis retoños verdes saliendo de mis orejas.

La autoestima en mis relaciones

Recuerdo que tuve que trabajar mucho mi autoestima para poder desenvolverme en el ámbito de lo social. En el resto de áreas de mi vida creo que tenía un concepto sano de mi mismo (porque se reconocía mi valía) pero no cuando se trataba de relacionarme con otros. Siempre había recibido apoyo en mi entorno familiar en todos los aspectos de mi vida excepto en el relativo a mi orientación sexual. Tal vez por eso descuidé o ignoré la necesidad sexual que Maslow incluye en el primer nivel, junto a la comida, la bebida y el sueño.

Tal vez me fabriqué una personalidad tímida para justificar mi aislamiento. Esa timidez que traje a Madrid desde Cáceres hace 25 años tuve que transformarla en valentía a la hora de buscarme amigos, y no sé en qué tuve que transformarla a la hora de buscarme novios ¿Temeridad?

El patito feo cacereño, así me sentía en esta ciudad. Entonces viajaba en bicicleta. Eran situaciones en las que corría el riesgo de sentirme rechazado, por eso me vestía de hombre invisible para justificar la falta de exposición en la pista de baile. Conseguí un grupo de amigos, pero en las discotecas yo era el hombre invisible. Incluso para aquellos que explícitamente me expresaban que estaban viendo en mí su polla del sábado. Pero poco a poco fui abandonando la bici, y el ego hinchado (había empezado a ir al gimnasio) un día me animó a subir a una columna donde bailaban los go-go’s. Pasé de ser el hombre invisible a ser el hombre intocable. Mientras bailaba Like a virgin, una noche, decidí comprarme un descapotable.

Fue el sexo lo que mi animó a cambiar mi egobici por un vehículo más potente que vieran todos. A partir de ahí mi vida se convirtió en un rally de autos de choque. Compartía asientos y meneos. Llegó el primer novio estable, y la ruptura dejó mi coche sin motor. Vuelta a empezar. Al lado de la pegatina de la ITV apareció otra que ponía algo así como : Atención, tipo que no sabe amar, a bordo!!. Rehice el motor pieza a pieza con sucesivas terapias en las que tomé muchos antídotos. Y salí del taller con el núcleo duro de mi autoestima bastante fortalecido. Y sin la pegatina, claro.

Mi Ego GTI era un modelo antiguo, pero con un buen motor. Conocí a un piloto de carreras alto y muy guapo. Me deslumbró su Ferrari, y mi viejo GTI parecía más bonito a su lado. Empezamos a conducir autopistas a toda velocidad. Me sentía bello a su lado. Cuando mi coche se paró empecé a preocuparme. Había descuidado la observación. Y como Blanche en un Tranvía llamado Deseo, había confiado en la bondad de los extraños. De esa aventura sobre ruedas salí fortalecido, y aprendí que nada de lo que deseo está en los coches de los demás. Me dí cuenta de que no podemos confiar la salud de nuestro motor a nadie, de que la autoestima es un asunto que comienza y termina en nosotros mismos.

Cómo descubrí a mi propio intérprete

Todos los antídotos para trabajar mi autoestima fueron útiles en su día. Creo además que existe un efecto dominó entre ellos, quiero decir que unos empujan a otros.

La evolución personal es integral y global antes que una suma de partes. Pero ahora mismo solo resuena en mí aprender a dejar de compararme con los demás. Esto tiene relación directa con la emisión de juicios constantes. Sé que ser escritor y tener siempre activas las antenas a “cosas que diría con solo mirar a alguien”, no me lo pone fácil.

Poco a poco voy afinando ese instrumento creativo, y estoy aprendiendo a diferenciar observaciones subjetivas, que solo son reflejos de mi mismo, de los juicios infundados consecuencia de mis miedos al rechazo. Cada vez que veo la belleza en el metro es una gran lección de humildad y compasión.

Estuve el viernes viendo a Asier Etxeandia en El Intérprete.

Escuchadle:

“Cuando era pequeño me ponía de espaldas contra la pared en un rincón de mi cuarto. No me ponía así porque me hubieran castigado, ni porque fuera autista. Bueno, un poco autista, quizá… pero no más que cualquier niño vasco hijo único, Pero no. Simplemente me ponía contra la pared y empezaba a cantar. Unos cantan en el coche, otros en la ducha; yo cantaba de espaldas en el rincón. Escuchaba mi voz con el eco de la pared, un eco que hace que parezca que cantas al micrófono, y me sentía un cantante de verdad.

Cuando era pequeño me apartaba de los demás en el recreo y me quedaba a solas imaginando que era actor, que era cantante, que era… el intérprete.

Cuando era pequeño, era un niño raro.

Cuando era pequeño tenía un montón de amigos invisibles. Cantaba y actuaba para ellos, mis cómplices, mi público. Mis amigos invisibles eran yo mismo y los demás; con ellos recorrí los mundos de mi imaginación y a ellos les debo todo lo que soy: el actor, el cantante, … el intérprete.

El espectáculo es un salto de sentirse raro a sentirse Dios, según su propias palabras.

Todo el teatro Apolo (no es accidental el nombre) estaba con él. No había entradas y todo el mundo conectaba con ese intérprete que había sido un niño raro. Todos habíamos sido niños raros, patitos feos, y todos somos intérpretes de nosotros mismos.

El arte nace de un malestar, de una inseguridad o de una marginación.

A un paciente con baja autoestima le invitaría a descubrir al intérprete que lleva dentro.

Gracias por escucharme y defended vuestro sombrero por muy ridículo que parezca.

Ubuntu!!

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