Atención plena transpersonal

Cómo vivir con Atención Plena

Le decía a mi amiga Patricia el otro día, sobre el tema de la atención plena, que meditar no es entrar puntualmente en el aquí y el ahora, sino que meditar es darse cuenta de que no estoy siempre en el flujo continuo del aquí y el ahora.

Una vez que adquiero cierta práctica en la auto-observación es relativamente fácil para mi ver el sufrimiento de los otros como una consecuencia de sus propios pensamientos y emociones. Pero ser el observador testigo es tan fácil con los otros como difícil conmigo mismo.

¿Cómo decirle que practique la atención plena a alguien que está lleno de ira contra los albañiles que están haciendo la reforma de su casa?

Me preguntaba eso el otro día cuando escuchaba a una amiga despotricar, mientras conducía su coche, en contra del fontanero y la empresa de reformas.

Dice el Tao:

Actúa antes de que las cosas existan

Manéjalas antes de que aparezca el desorden

Recuerda: un árbol que un hombre no abarca crece de una sola semilla.

Es verdad que una vez que el árbol ha crecido es más difícil intentar abarcarlo. Por eso es preciso actuar desde el primer pinchazo de garganta. Y para sentir ese pinchazo debes ser consciente de tus emociones desde mismo momento que nacen, porque luego, una vez que despliegan sus ramas es muy difícil cortarlas. Solo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena.

 

Lo que hay fuera solo puede percibirlo el testigo. ¿Lo que hay es un fontanero cuya negligencia ha estropeado mi parquet? No, lo que hay es un parquet estropeado. La negligencia del fontanero es un juicio. Un accidente no siempre es consecuencia de una negligencia. Y aunque así fuera, la negligencia del fontanero no es la causa de tu dolor, sino tu parquet estropeado. Todo el sufrimiento que te produce ver tu parquet recién barnizado levantado y lleno de humedad es un pensamiento de catástrofe auto generado. La catástrofe es esa enormidad de tu experiencia vital que no puedes controlar. Es igual que esa expresión que tanto se usa: Yo no puedo con la vida.  

Entonces invitaría a mi amiga a aceptar la rabia que la invade, a sentirla sin ninguna resistencia, a nombrarla, a delimitarla como una emoción exclusivamente suya y muy respetable. ¿Pero tú sabes lo que es volver a mover muebles, a lijar otre vez el suelo, a barnizarlo, a irte de tu casa, otra vez, para no aguantar el olor de la pintura? Y todo por culpa de un gilipollas inútil. Le diría que pensar en la incompetencia manifiesta del fontanero es un juicio de su mente, que se concentre en lo que siente ahora mismo: rabia. Que deje salir la emoción, pero que no haga a nadie responsable de sus emociones. Se daría cuenta, poco a poco, a medida que se dejara atravesar por esa emoción, de que su cabreo pierde intensidad, porque nada dura en el ahora. Pero es que cada vez que me acuerdo del puto fontanero…No te acuerdes, no pienses en él. Concéntrate en la carretera, siente el tacto del volante, el viento que se filtra por la ventanilla. Respira profundamente, pero no te juzgues por sentir rabia. Deja la rabia ahí, la ira es como esa mosca que se ha colado por la rendija, la mosca es algo ajeno a ti, olvídate de ella, la mosca dentro de un rato no estará. Lo único que queda es el parquet mojado. Y cuando la rabia y el sentimiento de catástrofe hayan pasado puedes llamar a la compañía de seguros.

Otro día, en la que estuviera más receptiva, hablaríamos de la atención plena y sus ventajas, pero sería una conversación desde la serenidad. Intentaría mostrarle que su experiencia con el parquet le ha dado herramientas conscientes para vivir y crecer en un mundo de cambios y pérdidas. Las tormentas de la vida, ya sean grandes o pequeñas, no nos destruyen, sino que nos ayudan a observarnos a nosotros mismos y a descubrir nuestros propios recursos y fortalezas. Las dificultades nos invitan a que nos demos cuenta de cómo percibimos lo que nos ocurre y que basta con cambiar nuestra forma de mirar para que lo observado cambie.

Ser conscientes de cada instante nos ayuda a enfrentarnos a las pérdidas. Solo tenemos que cultivar nuestra capacidad de prestar atención al momento presente. La atención plena concentra todas nuestra energía interior en un solo propósito: vivir el ahora. La atención plena nos conecta con nuestro corazón antes que con la cabeza. Nos hace más fuertes y poderosos, pues todo nuestro potencial para resolver los problemas está focalizado en un solo punto: el momento de ahora. Desde ese punto actuamos con claridad y lucidez. No lamentamos que se haya mojado el parquet, sino que ponemos en marcha los procesos necesarios para arreglarlo y arreglarnos, para curar y curarnos. Nos miramos a nosotros mismos y nos comprendemos. La atención plena nos hace más sabios.

Atención plena en el metro de Madrid

La atención plena puede manifestarse de pronto, pero en raras ocasiones nos damos cuenta de esa manifestación. En las ocasiones de peligro, por ejemplo. Para darte cuenta de que esa atención está activada es preciso estar, a su vez, atento.

Ayer iba bajando por la calle Ave María hacia la plaza de Lavapiés. En esa dirección es una calle cuesta abajo con bastante pendiente. Me había puesto unas zapatillas cuya suela resbala cuando el suelo está húmedo y ayer estaba lloviendo. Me dí cuenta de que estaba absolutamente concentrado en cada paso que daba, pues un pequeños traspiés podía hacerme resbalar y caer al suelo. Sentía la suela cómo se iba adaptando al pavimento mojado, paso a paso.

Lo de ayer fue accidental. Creo que la atención plena es más bien consecuencia de una voluntad antes que de un proceso involuntario. El único modo de cultivarla es el entrenamiento consciente. También puede ayudarnos la imaginación.

Os contaré un pequeño secreto. Cuando viajo en metro nunca me detengo ante una escalera mecánica. Escalera que piso, escalera que subo. Hace tiempo que, cada vez que subo una escalera, pienso que estoy subiendo los peldaños de mi propia escala evolutiva. Eso me ayuda a experimentar conscientemente el proceso de subir los peldaños. A menudo me gusta observarme como un personaje de un videojuego, y cuando subo los peldaños pienso que estoy obteniendo más cápsulas de salud, fuerza o poderes mágicos. El caso es que estoy siendo muy consciente de mis pies, de cada paso que doy y, de reojo, de los zapatos de quienes prefieren que la escalera les suba.

Cuando subo las escaleras soy muy consciente de mi cuerpo, porque experimento un cansancio físico que parece gratuito, pero que no lo es porque es una experiencia de acción sobre mi vida. ¿Elijo subir o elijo dejarme llevar?

Creo que la palabra que más tiene que ver con mi íntima vivencia de la atención plena es esa, CUERPO. Me siento dentro de un cuerpo que siente con sus cinco sentidos. VISTA, TACTO, OLFATO, OIDO, GUSTO.

 

Gracias por escucharme.

Ubuntu!!

 

2 comentarios en “Cómo vivir con Atención Plena”

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