La creencia que provocó mis rupturas de pareja

La creencia que provocó mis rupturas de pareja

Introducción

¿Cuál fue la creencia que provoó mis rupturas de pareja?

¿Cuál es mi experiencia amorosa a través de las rupturas de pareja?

¿Cuáles son mis creencias erróneas acerca del amor y la pareja que provocaron el final de mis relaciones de pareja?

En este vídeo te voy a hablar de los tres caminos que he seguido a lo largo de mi vida amorosa hasta llegar a la ruptura de pareja.

Empezaré hablándote del camino de la perfección.  Inicié este camino porque estaba muy identificado con una voz de mi cabeza que me decía que no era lo bastante bueno y que por eso no me querían.

Luego te hablaré del camino de la rigidez. A fuerza de ser el hijo perfecto, el alumno perfecto o el empleado perfecto, me volví competitivo, rígido y autoexigente. Criticaba la imperfección de los demás, la frivolidad, y todo lo que no fuera el deber y hacer siempre lo correcto. El camino de perfección se convirtió en el camino de la rigidez y la falta de flexibilidad.

Por último, te hablaré del camino de la pareja perfecta. Llegué a la conclusión de que solo siendo el novio perfecto mi pareja querría estar a mi lado. Y de nuevo renuncié a mi espontaneidad y me convertí en la persona fría y perfecta que yo creía que mi pareja esperaba de mi. Así fue como reprimí mi espontaneidad y sacrifiqué mi individualidad por miedo a que el otro se decepcionara conmigo.

Cuando termines de ver este vídeo habrás descubierto, también, la verdadera causa de mis rupturas de pareja.

El camino de la perfección

Desde muy pequeño buscaba la perfección.

Estaba muy familiarizado con esa voz de mi cabeza que me decía que no era lo bastante bueno y que por eso no me querían.

Recuerdo que me gustaba balancearme hacia adelante y hacia atrás. A mi abuela ese movimiento la incomodaba mucho y me decía que dejara de hacerlo porque era cosa del demonio moverse así.

En el fondo, creía que había algo malo y pecaminoso en mí y que debía esconderlo tras un manto de perfección.

Por eso deseaba con urgencia hacer la Primera Comunión para confesar mis muchos pecados y conseguir así el pasaporte al Cielo.

Cuando hice mi primera confesión de los pecados, el sábado antes de la ceremonia, olvidé confesar uno y pensaba que Dios no me perdonaría y que no podría tomar la comunión al día siguiente.

De nada sirvió que mi madre me tranquilizara diciendo que si rezaba un padre nuestro Dios me perdonaría.

Para mi no era algo tan simple. Se trataba de un asunto entre Dios y mis pecados.

Para manejar la angustia que me producían las calderas de Pedro Botero, decidí tomar el camino de la perfección. Y ese camino era el de la santidad. Todo el mundo sabe que el martirio era un pasaporte directo a la santidad.

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El camino de la rigidez

Así fue como crecí con la angustia de que no podía ser yo mismo y recibir el amor de los que me rodeaban, ya que tenía la creencia de que ser yo mismo era lo mismo que defraudar a los demás.

Y no solo me esforzaba en ser un niño bueno y obediente en casa, sino que, también, me exigía ser el mejor estudiante en la escuela.

Aprendí que mi camino de perfección pasaba por evitar cualquier contrariedad a los que me rodeaban, sobre todo mis padres y maestros.

En la escuela la auto exigencia por ser un alumno brillante era tal que veía a mis maestros con más poder que mis propios padres.

Y si mis amigos cometían travesuras como robar fruta de los árboles, sentía el dedo acusador de Dios sobre mí. No podía permitirme disfrutar del juego y la alegría, como cualquier niño.

La televisión a las 6 de la tarde se convirtió en el único refugio a mi angustia. Adoraba la televisión.

Recuerdo que las dos semanas que duraron las olimpiadas de Munich en 1972 me parecieron eternas porque se habían suspendido los programas infantiles. Tenía solo 7 años.

Al mismo tiempo, en casa nadie parecía darse cuenta de mis esfuerzos en ser el hijo perfecto.

Ante la agonía que me causaban los exámenes mi madre, desesperada por mi llanto, me cerraba los libros y me decía que ya había estudiado bastante y que, si me preguntaban algo que no estuviera en los libros, como yo temía que ocurriera, que lo dijera por escrito en el examen.

De este modo, crecí esforzándome en ser el hijo perfecto, el alumno perfecto, el amigo perfecto, luego el empleado perfecto.

El camino de perfección se convirtió en el camino de la rigidez y la falta de flexibilidad.

Me volví competitivo, rígido, autoexigente, criticaba la imperfección de los demás, la frivolidad, y todo lo que no fuera el deber y hacer siempre lo correcto.

Inútilmente, a través de ese camino de perfección quise mitigar mi sensación de falta de valor y pertenencia.

El camino de la pareja perfecta

¿Es que nadie me va querer como soy realmente?, ¿Ni siquiera Dios? me preguntaba.

¿Siempre voy a tener que reprimir mi espontaneidad y entusiasmo?

Una versión de adulto a esas preguntas infantiles podría ser: ¿Encontraré una persona que me quiera con todas mis imperfecciones y defectos?

Esta pregunta me decía que no todo estaba perdido. Aún me quedaba un último cartucho. Este cartucho era la relación de pareja.

Tardé bastante tiempo en encontrar una pareja porque no podía acallar esa voz interna de que no era suficientemente bueno para que alguien quisiera estar a mi lado.

Tenía la creencia de que el amor no era para mí.

Por eso, cuando conocí a mi primera pareja no podía creerme mi fortuna. Por fin había encontrado el redentor que iba a compensar todas las carencias que había experimentado en los años anteriores.

Esa persona me amaría como soy de verdad y, además, esta persona me permitiría expresarme sin miedo a perder su amor.

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Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Estaba tan convencido de que no tenía derecho a ser yo mismo que no supe salir del camino de la perfección.

Después del hijo perfecto, el amigo perfecto, y el empleado perfecto, quise convertirme en el novio perfecto.

Solo siendo el novio perfecto mi pareja querría estar a mi lado.

Y de nuevo renuncié a mi espontaneidad y me convertí en la persona fría y perfecta que yo creía que mi pareja esperaba de mi.

Así fue como reprimí mi espontaneidad y sacrifiqué mi individualidad por miedo a que el otro se decepcionara conmigo.

No cometeré errores para ser la pareja perfecta, se convirtió en el mantra de mi vida en pareja.

Luego, mucho tiempo después, descubrí que la pareja no puede ofrecer más valoración que la que cada uno está dispuesto a otorgarse a sí mismo.

Ese descubrimiento no fue inmediato, ni mucho menos. Tuve que vivir unas cuantas rupturas de pareja, todas muy dolorosas, antes de darme cuenta.

La creencia del Robot

La creencia: No cometeré errores para ser la pareja perfecta, habla del sentimiento de culpa que siento porque no soy quien el otro espera.

Este sentimiento de culpa es muy común en la herida de injusticia.

Paradójicamente, la culpa quiere escapar del castigo a través del auto castigo. Es decir, la culpa cree que si te castigas a ti mismo el otro tendrá compasión de ti y te perdonará.

Cuando era niño creía que el castigo y pagar las faltas, podía reconciliarme con Dios.

Así aprendí que para evitar ese castigo la única salida era ser perfecto.

Por lo tanto, cuando me sentía culpable con una pareja, había un deseo inconsciente de provocar el castigo de la otra persona para lograr el perdón.

¿Y cómo lo provocaba? Cometiendo errores.

Es decir, usaba al otro para castigarme a mí mismo.

Quiero repetir que este deseo de auto castigo es inconsciente.

Por ejemplo, observa qué ocurre cuando te sientes culpable respecto a tu pareja porque te has olvidado de su cumpleaños. 

A mi me pasó eso una vez. Olvidarme del cumpleaños de mi pareja era un error imperdonable.

Como me creía merecedor de castigo, de forma inconsciente provoqué el malestar olvidándome de su cumpleaños.

¿Qué solía hacer para evitar el sufrimiento que me causaba ser imperfecto?

Me volví frío y me convertí en un robot, para ser quien el otro esperaba que fuera y de este modo siguiera a mi lado.

No me daba cuenta de la trampa que había en esa forma de pensar.

Si me considero pequeño e imperfecto mi pareja me verá así. Si pienso que solo valgo cuando todo lo hago bien, solo conseguiré críticas por mis errores.

Date cuenta de que la pareja te va reflejar en el mundo de la forma lo que tienes en la mente.

Por eso dirá que eres frío e insensible y tu no comprenderás por qué no puede ver todos los esfuerzos que haces para complacerle.

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Al mismo tiempo sentirá que te alejas emocionalmente y cualquier comentario que a ti te parece trivial puede desembocar en una discusión y por último en una ruptura.

La causa de mis rupturas de pareja

Todas mis rupturas tienen su origen en la renuncia a ser yo mismo en mis relaciones de pareja.

Esto es paradójico. Mi estrategia de renunciar a mi individualidad para mantener al otro a mi lado fue aquello que provocó la ruptura.

¿Por qué ocurrió esto?

Porque a través de mi esfuerzo por parecer perfecto exigía a mis parejas que me dieran esa valoración que no pude recibir en la infancia.

Yo había depositado en mis parejas la redención de mi pequeñez e insignificancia. Es decir, los hice responsables de algo que no tenía nada que ver con una pareja.

Al mismo tiempo, como me sentía pequeño e imperfecto, ellos me mostraban continuamente esa sensación de falta de valor interior que arrastraba desde que era niño.

Como dije antes, la pareja no puede ofrecer más valoración que la que cada uno está dispuesto a otorgarse a sí mismo.

Te hablé en un video anterior de los tres caminos del exilio que seguimos cuando tenemos una ruptura de pareja:

  1. El camino de culpar al otro
  2. El camino de culparte tú
  3. El camino de la negación

¿Qué camino del exilio escogí cuando mis relaciones terminaron?

En mi caso, escogí el camino de la negación. Renuncié a tener una relación de pareja, porque es el camino que confirmaba mi antigua creencia infantil y adolescente de que el amor de pareja no era para mí.

¿Cuáles son las tres claves de este vídeo que explican mis rupturas de pareja?

La primera clave es que desde pequeño buscaba la perfección. En el fondo, creía que había algo malo y pecaminoso en mí y que debía esconderlo tras un manto de perfección. De este modo, crecí esforzándome en ser el hijo perfecto, el alumno perfecto, el amigo perfecto, luego el empleado perfecto.

La segunda clave es que ese camino de perfección se convirtió en el camino de la rigidez y la falta de flexibilidad. Me volví competitivo, rígido, autoexigente, criticaba la imperfección de los demás, la frivolidad, y todo lo que no fuera el deber y hacer siempre lo correcto.

La tercera clave es que quise convertirme en el novio perfecto para mantener a mis parejas a mi lado, y conseguí el efecto contrario porque me volví frío e insensible, como un robot.

La cuarta clave es que mis parejas reflejaron en el mundo de la forma mi creencia. Si me considero pequeño e imperfecto mi pareja me verá así. Si pienso que solo valgo cuando todo lo hago bien, solo conseguiré críticas por mis errores.

La última clave es que la verdadera causa de las rupturas de pareja fue renunciar a ser yo mismo para intentar agradar al otro. Paradójicamente mi estrategia de renunciar a mi individualidad para mantener al otro a mi lado fue aquello que provocó la ruptura.

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