La incongruencia dolorosa

Soy especialista en terapia transpersonal. Sabía  -o creía saber- todo sobre el niño interior y cómo
influye en nuestras emociones. Pero una cosa es la teoría y otra muy distinta la vida real.

¿Te imaginas? Ahí estaba yo, supuestamente un experto ayudando a otros, tirado en el suelo después de una discusión con mi pareja. No exagero: pataleando y llorando como cuando tenía cinco años.

Mientras me secaba las lágrimas, la vergüenza me inundó:
¿Cómo era posible que algo tan «externo» me hubiera desmoronado así?
¿Estaba condenado a repetir estos dramas una y otra vez?

El niño en el pozo

Todo cambió un domingo de diciembre de 2013.

En un taller de la Escuela de Desarrollo Transpersonal nos pidieron hacer un collage sobre nuestros deseos futuros. Sin pensarlo mucho, puse en el centro una foto mía de niño. 

Tenía seis años y sonreía a la cámara con una cartilla Rubio bajo el brazo.

Al terminar y mirar mi creación, algo se quebró dentro de mí. De la nada, un llanto profundo me sacudió entero.
Vi a ese niño de la foto como si estuviera vivo, atrapado al fondo de un pozo oscuro, gritándome:

«¡Escúchame de una vez!»

Fue como encender la luz en una habitación oscura. Ese pequeño había estado tirando de los hilos de mis relaciones desde siempre, y yo ni siquiera lo sabía.

La búsqueda de respuestas

Con esta revelación, me inscribí en la formación del Sistema de Familia Interna (IFS).
Pasé meses trabajando con mi «Exiliado» – ese niño del pozo.

Mi vida personal mejoró bastante. Mis relaciones se volvieron más sanas.
Pero surgió un nuevo problema: no sabía cómo hacer que mis clientes vieran lo que yo había experimentado.

Les hablaba del niño interior, sí, pero mis palabras rebotaban en una pared.

Necesitaba algo más potente, algo visual que provocara ese «clic» que yo había sentido.

La chispa inesperada

Una tarde estaba en el café Manuela de Madrid, grabando un programa de radio sobre relaciones.

Durante un descanso, vi a unas personas jugando en una mesa cercana.

El juego consistía en que cada jugador llevaba una tarjeta en la frente con una identidad que todos podían ver, menos el propio jugador. Y ahí me golpeó la idea: ¡así funcionamos todos!

Cada uno de nosotros lleva «tarjetas emocionales» que todos pueden ver excepto uno mismo. Y lo más escondido de todo es precisamente ese niño interior, ese Exiliado.

Semanas después, mientras estudiaba el capítulo 31 de «Un Curso de Milagros«, encontré la pieza final: nuestro ego tiene dos caras, una «inocente» que mostramos al mundo y otra «culpable» que ocultamos hasta de nosotros mismos.

Así nació el Sistema visual RICo™:
un puente visual hacia lo invisible.

Transformación compartida

Lo que comenzó como un problema personal —mi incapacidad para ver mis propios patrones— se convirtió en una herramienta para ayudar a otros.

Como dijo Guadalupe, una de mis clientes: «Experimento una paz que nadie me puede quitar porque es interna»

Hoy me veo más como un compañero de camino que como un experto. Soy alguien que ya subió la montaña y puede señalarte los mejores senderos. Mi momento favorito no es llegar a la cima, sino ver la expresión de alguien cuando, por primera vez, ve con claridad lo que siempre estuvo ahí.

La libertad comienza cuando
lo invisible se hace visible.

Francisco Javier Gutiérrez

Mentor especializado en sanar patrones y construir relaciones auténticas y equilibradas. Autor del libro “El Código del Amor Radiante” y creador del Sistema visual RICo™, una metodología para sanar patrones emocionales y construir relaciones plenas.

+4.000.000 visualizaciones en contenido de relaciones conscientes

+5000 horas de mentoría individual y grupal