Abro la puerta y saludo a Luisa con un abrazo suave, apenas un gesto simulado. Creo que no le gusta que un hombre la abrace.

La invito a sentarse en el sofá del pequeño recibidor y le digo que espere. Entro de nuevo en mi despacho. Aun no es la hora de su cita. Luisa llega temprano, como siempre, pero esta vez no voy a hacerla esperar hasta que finalice mi consulta con Alberto, porque este martes Alberto no ha venido. Puedo escuchar a Luisa pasar las páginas de las revistas detrás de la puerta cerrada. Son las mismas revistas del martes pasado, pero ella las ojea con urgencia, como si el tiempo pudiera pasar tan rápido como las hojas de papel.

Pienso en la ausencia de Alberto, me pregunto por qué no llamó para anular la cita. Nunca había faltado antes.

Quiero pensar que Alberto está bien, que no necesita que le llame para confirmar que no se ha vuelto a escapar de casa. Ya sé que no soy el guardián de ese chico, que no puedo mitigar su sufrimiento con mis acciones, que solo puedo ayudarle con mi presencia, con mi apoyo y con mi amor. Aún así siento la desazón, una angustia falsa, pues no puedo confirmar mi temor de que Alberto no ha venido porque las cosas no van bien en su casa. Tal vez se ha quedado dormido, tal vez ha decidido abandonar la terapia, tal vez, tal vez.

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Pero ya no es el tiempo de Alberto, sino el de Luisa que ha dejado de ojear las revistas y ahora está chateando con su móvil, pues me llegan sordos los zumbidos vibrantes de su smartphone.

No puedo seguir esperando a Alberto, y aunque aun faltan diez minutos para que comience su cita me levanto, abro la puerta y le digo a Luisa que pase. Ella alza la mirada de su teléfono y me mira con sorpresa. Puedes pasar, le digo con una sonrisa. Ella se levanta veloz. La sonrío cuando la escucho preguntar si no tiene que seguir esperando. El silencio, ese gran amigo con el que mi boca se pelea a menudo, la responde.

Ella se sienta y pone el móvil sobre la mesa, el enorme bolso en su regazo se interpone entre nosotros. Tal vez estés más cómoda si pones el bolso en la otra silla, le digo. Ella sigue mi consejo con celeridad. Es su tercera sesión pero continúa tan nerviosa como el primer día. Pero no es el bolso la barrera, sino el móvil que parece adquirir vida propia cuando empieza a vibrar y arrastrarse lentamente. Ella pide disculpas y sale de la habitación para hablar con su hija de doce años.

No será la primera vez que el teléfono de Luisa interrumpa mi compañía. No le gusta dejar a su hija sola en casa, aunque en realidad no está sola sino con la asistenta. Pero esa dominicana no se entera de nada, me confirma cuando la veo entrar de nuevo. En silencio pretendo cobijarla en una mirada ancha y confortable, pero ella no me mira. El móvil acapara toda su atención.

Le pregunto cómo se siente, me dice que bien sin dejar de observar el teléfono. Guardo silencio por mi parte, minutos después me dice que no está bien, sino nerviosa. Cuando indago sobre las causas de su nerviosismo me responde que si no me he dado cuenta de cómo está el mundo. Esa niña asesinada por sabe dios quien, el huracán en México, la cifra del paro. Quiero abrazarla, pero solo tengo alas, no brazos, para ella. Ser un ángel sobre Madrid, esa es mi labor.

Como los ángeles que aparecen en Cielo sobre Berlín mi tarea es acompañar a los hombres y mujeres en su soledad de metro, en su impaciencia de semáforo rojo o en su desolación de familia rota. El jueves estuvo con su padre y vino triste, como siempre, escucho a Luisa decir en un tono de queja. Yo no sé qué le hace ese hombre a la niña. Acabas de decir que la llevó a ver una exposición de arte, le digo. Sí, porque se ha empeñado en que la niña tiene que ser artista, pero una cosa es que a la cría le guste pintar y otra que sea una artista.

Respetar el criterio de Luisa sin contradecir su sesgada visión de la realidad no es tarea fácil. La lengua se mueve nerviosa en mi boca. Agito mis alas, y de pronto una suave brisa nos rodea.

Le pregunto qué debe hacer alguien para que sea artista. Luisa se queda callada y por fin me mira a los ojos. La veo nadando en su impotencia para poder controlar las elecciones de su única hija. Me cuenta que me ha mentido, que la niña siempre viene contenta cuando está con su padre, pero que esa felicidad a ella la incomoda y que siente deseos de castigarla.

Le pregunto si practica las cuarenta respiraciones en esos momentos y me reconoce que solo lo hace conmigo, que en casa no puede hacerlo, tal como están las cosas. Te refieres a los huracanes, le pregunto. Ella sonríe de nuevo. A los huracanes y a todo lo demás.

La invito entonces a respirar conmigo. Ella acepta con un suspiro. Antes de llegar a la respiración numero treinta las lagrimas salen de sus ojos, pero continuamos con el ejercicio. Al final, ya con los ojos abiertos le ofrezco la caja de cartón de la que salen dos suaves pañuelos como alitas de celulosa.

Ha ganado algunos premios de pintura en el colegio, me dice después de sonarse, sin pudor, algo impropio en Luisa. De repente, el teléfono vuelve a cobrar vida. Luisa lo mira durante unos instantes antes de meterlo en su bolso sin descolgarlo. La felicito. Por qué, me pregunta. Por todo, le digo, por ser la madre de una artista, por ejemplo. Luisa se ríe, y con la voz cambiada reconoce que en eso ha salido a su padre.

Es la primera vez que Luisa habla de forma positiva sobre su ex marido. Eso me llena de alegría, de una profunda alegría. Mis alas crecen, mi corazón se ensancha. Ya ha pasado el tiempo, pero Luisa es mi última paciente y puedo acompañarla un poco más antes de irme a casa. Entonces llaman al timbre. Luisa se levanta rápidamente, te estoy entreteniendo, me dice.

Me despido de Luisa con un abrazo, ella me lo devuelve con fuerza, la abrazo de nuevo con mis alas, siento que las suyas están creciendo y eso me hace muy feliz.

Cuando abro la puerta veo a Alberto que, apurado, pide disculpas por el retraso. Luisa sale disparada, la veo alejarse por el pasillo hablando por teléfono. Si ya es muy tarde me voy, dice Alberto, pero me quedé dormido y quería contarte algo. Miro el reloj. A veces pienso que mi labor es ayudar a que los demás descubran sus propias alas.